Un problema silencioso con impacto ambiental y energético
Las estaciones depuradoras de aguas residuales (EDAR) trabajan en un entorno cambiante. El agua que reciben no siempre llega en condiciones estables: el caudal, la composición y la carga contaminante pueden variar por causas urbanas, industriales, climáticas u operativas. En ese contexto, algunos episodios anómalos pueden comprometer el tratamiento secundario, especialmente el reactor biológico, que es el corazón del proceso de depuración y de la calidad del agua.
Cuando esto ocurre, las consecuencias no son menores. Por un lado, puede empeorar la calidad del agua tratada, reduciendo la capacidad de eliminar materia orgánica y nutrientes. Por otro, la planta puede entrar en modos de operación ineficientes, con un uso excesivo de sistemas como la aireación, uno de los principales focos de consumo energético y de la pérdida de calidad en el tratamiento. Detectar estos episodios con antelación es, por tanto, una cuestión ambiental, operativa y económica.
Por qué un vertido no siempre se detecta a tiempo
Uno de los grandes retos en una EDAR es que un vertido no suele aparecer como una única señal clara. A menudo se manifiesta como una combinación de pistas: aparición de espumas, cambios de color, aumento de turbidez, alteraciones de pH o respuestas anómalas en el control del reactor biológico. Además, existe un desfase temporal entre lo que ocurre en cabecera y el efecto real que acaba apareciendo más tarde en el biológico o en la decantación secundaria.
Eso significa que, cuando el problema se confirma aguas abajo, en muchos casos ya se ha perdido parte del margen de actuación. La detección temprana debe producirse lo más cerca posible de la entrada del agua a la planta, antes de que el episodio afecte al proceso de depuración y, con ello, a la calidad final del efluente.

El reto de investigar con pocos datos reales
En teoría, entrenar sistemas inteligentes para detectar vertidos parece una tarea directa. En la práctica, no lo es. Los vertidos realmente críticos suelen ser poco frecuentes, están mal etiquetados o se confunden con variaciones normales de la planta, episodios de lluvia o maniobras operativas. El problema no consiste solo en medir valores altos o bajos, sino en reconocer patrones: cambios bruscos, duración de los episodios, coherencia entre varias señales y relación con el estado de la instalación.
Por eso, uno de los grandes desafíos de esta línea de investigación es construir conjuntos de datos útiles para entrenar modelos de aprendizaje automático. Sin datos suficientes, resulta difícil desarrollar herramientas robustas que distingan entre una variación normal del proceso y un evento con potencial de causar daño.
La propuesta: combinar visión artificial y conocimiento del proceso
La investigación plantea una solución basada en dos ideas complementarias. La primera es observar la cabecera de la EDAR mediante cámaras para identificar señales visuales asociadas a episodios anómalos, como espumas, tintes, cambios de color, plumas o aumentos de turbidez aparente. La segunda es relacionar esas señales con el comportamiento del proceso biológico y con variables de operación de la planta. En la documentación del proyecto, precisamente, espuma, turbidez, color y pluma aparecen como indicadores observables de vertido en el sistema de observación propuesto.
Este enfoque no pretende identificar directamente una sustancia concreta a partir de una imagen. Su objetivo es más realista y útil: disponer de un sistema de alerta temprana capaz de señalar que “algo anómalo” está entrando en la planta y que ese episodio podría afectar tanto a la estabilidad del reactor biológico como a la calidad del agua depurada.

El papel de la IA generativa en la simulación de escenarios
Ante la escasez de datos reales, la IA generativa puede desempeñar un papel clave. Si no se dispone de suficientes ejemplos de vertidos reales con distintas formas, intensidades y condiciones de iluminación, una estrategia razonable es generar escenarios sintéticos que permitan entrenar y probar modelos en una fase temprana.
Esto no significa sustituir la realidad por simulación. Significa acelerar el desarrollo de prototipos, ensayar hipótesis y exponer a los modelos a una mayor variedad de situaciones plausibles. En una etapa inicial de investigación, esta capacidad es especialmente valiosa, porque permite avanzar mientras se sigue recopilando evidencia real en planta.
Primeras pruebas prometedoras en espuma y tintes
Los primeros experimentos se están centrando en señales visuales que sí pueden dejar una huella clara en imagen, como la espuma y la tinción del agua. Son dos casos especialmente interesantes porque, además de ser visibles, pueden actuar como señales centinela de que la entrada del influente está cambiando de forma anómala. El informe técnico destaca precisamente que espumas, cambios de color e incrementos de turbidez pueden asociarse a episodios de inestabilidad y servir como alerta temprana.
Aunque todavía se trata de una fase de prototipo, los resultados iniciales parecen prometedores. La relevancia de este avance no está solo en detectar una anomalía visual, sino en empezar a construir una cadena de interpretación: señal temprana en cabecera, análisis automático de imagen y posible relación con impacto posterior en el tratamiento secundario.

El siguiente paso: ir más allá del espectro visible
Una vez validado el enfoque con cámaras convencionales, el siguiente horizonte tecnológico apunta hacia sistemas hiperespectrales o sensibles al infrarrojo cercano. Estas tecnologías podrían captar diferencias en la composición óptica del agua que no siempre son evidentes para una cámara RGB estándar.
La ventaja de comenzar con visión en espectro visible es clara: permite desarrollar prototipos más simples, accesibles y rápidos de desplegar. Pero el futuro podría estar en sensores capaces de aportar información espectral adicional, mejorando la sensibilidad y la discriminación de ciertos vertidos. Además, dichos sensores al no ser invasivos permiten reducir los costos de mantenimiento de otros como sondas que deben estar sumergidos en el agua.
Hacia EDAR más inteligentes, eficientes y resilientes
El valor final de esta investigación no se limita a detectar anomalías. Su objetivo es ayudar a que la EDAR opere mejor. Eso implica proteger el reactor biológico, reducir el riesgo de pérdida de rendimiento y mejorar la calidad del agua tratada. Pero también implica evitar situaciones en las que la planta consume más energía sin obtener una mejora real del proceso.
El proyecto AQUA2VAL ha permitido identificar un modo de fallo especialmente relevante: episodios en los que la aireación se mantiene elevada sin una respuesta biológica proporcional, lo que revela un desacople entre control y proceso y provoca sobreconsumo energético. Ese tipo de situaciones refuerza la necesidad de observar mejor lo que entra en la planta y anticiparse antes de que el daño sea visible en el efluente.
En ese sentido, el futuro de las EDAR pasa por ser más observables, más predictivas y capaces de integrar visión artificial, analítica avanzada e inteligencia artificial en la toma de decisiones. Detectar antes un vertido no solo puede ahorrar energía: también puede traducirse en una depuración más robusta, una mejor calidad del agua y una gestión más sostenible del ciclo urbano.